Esta noche he vuelto a escuchar la música del cielo. La banda sonora que me ha acompañado durante gran parte de estos años. He escuchado la música del cielo protector, a pesar de que hace unos meses prometí que no volvería a escucharla porque la música me convertía en una sombra de tristeza.
Esta noche he roto el pacto (incautos quienes hacen promesas, quienes reciben las promesas que no se pueden ni se deben cumplir). Lo he roto porque necesitaba sumergirme en el desierto del Sáhara, necesitaba cobijarme bajo el cielo protector con la sintonía de Sakamoto.
Llevo tiempo diciendo que estoy “bajo el cielo protector”: en esencia, es un estado especial. Estar bajo el cielo protector significa estar cobijada, resguardada bajo un manto de estrellas, bajo una luz cálida…, esperando la oportunidad. Las estrellas son la guía.
Hoy he sentido deseos de volver (¿alguna vez estuve?) bajo el cielo protector.
Fue mi compañera de instituto, Alia, quien me habló de un libro desconocido: El cielo protector, de Paul Bowles. Ella fue quien me introdujo en el universo de Bowles.
Soy una viajera, y no una turista. En cierto sentido, como dice mi primo David, siempre tengo la maleta hecha, dispuesta a salir en cualquier momento, sin rumbo fijo. No tengo pereza, y mi equipaje es liviano, casi una pluma. Pero no me importaría cargar con otro equipaje. Las maletas de viaje son distintas; el corazón, el mismo.
Hoy hablé con alguien especial de este viaje, de viajar al desierto. El cielo protector es una metáfora, es un anclaje que está en mí cuando necesito evadirme; pero a la vez es un sueño que me gustaría hacer realidad: tumbarme en la arena, una noche de verano para contemplar las estrellas y escuchar el sonido más primitivo, el primigenio, el sonido de la vida, el que se percibe cuando se presta atención al palpitar del corazón. Yo quiero escuchar mi/tu corazón tumbada en el desierto. Alia me dijo que si te tumbabas en el desierto, en el silencio de la noche, eras capaz de escuchar tus propios latidos.
Hoy he sabido que me invitas a compartir el mismo cielo. El cielo del que ambos nos enamoramos sin conocernos (regresan los lugares comunes).
Existen muchos cielos protectores que se presentan como anclajes. Hay cielos protectores que aparecen por sorpresa; existen otros más lejanos a los que se acude premeditadamente. Tú y Yo conocemos ese cielo. Y este cielo -nuestro cielo- nos espera tal cual, porque nunca cambia. Existe ese anclaje en nuestra consciencia, el lugar al que huimos, nuestra Ítaca… Pronto o tarde, seguirá esperando. Desde nuestro cielo no se ve el mar, pero se presiente. Ese es mi anclaje contigo, mi casa, mi cobijo.
A ti que sabes tanto de mí.
(Mi maleta es liviana; el corazón no)

Bowles le pegaba a las droga cosa fina. La veía bajar por las paredes. Sobretodo la heroína y derivados. Pero gracias a él el mundo tuvo la suerte de leer al escritor Mohamed Chukri. No escriben tan delicado y sicótico como Paul. Ni siquiera escribe parecido o lo intenta. Pero Paul siempre tuvo palabras elogiosas para él. Si no lo has leído y te pica la curiosidad, empieza por "el pan desnudo", título que alude claramente a la novela "el almuerzo desnudo" de otro drogata: william Burroghs. Curiosamente Burroghs y Bowles se conocían y habían compartido la pipa de opio.
Yo por poseer esa sonrisa tuya una noche(bajo el cielo protector de la noche), me comería toda la arena del desierto.
Un saludo.