Hay quienes dicen que la escritura es un proceso que sirve para exorcizar los miedos, los dolores, todo aquello de lo que queremos deshacernos. Desde que leí aquello se produjo en mí un cambio importante, comprendí que poniendo sobre el papel los sentimientos, los miedos, los amores y las frustraciones, conseguía desahogarme y –lo más importante-desprenderme de ellos. Por esa razón creo que escribo, también porque me gusta hacerlo. Y precisamente ahora quiero exorcizar, más que un miedo, un dolor. Un dolor punzante que me atravesó como una espina el corazón el pasado verano y del que ahora, como ave fénix que resurge de sus cenizas, me estoy reponiendo.
Estos días se habla mucho del delicado estado de salud de Rocío Jurado. A nadie se le escapa que la cantante está pasando por un momento difícil y que sería todo más complicado si no tuviera a su lado a su familia, sus amigos y el apoyo de sus fans que le piden que vuelva. De todo esto, me ha llamado poderosamente la atención la cantidad de gente que ha aparecido en los medios de comunicación hablando de la más grande.
El caso es que comencé a reflexionar y llegué a la conclusión de que los amigos no son unos advenedizos que en los momentos de penurias (sobre todo en las enfermedades) o en tu propio entierro dicen eso de “qué buen@ era, qué lástima”. Los verdaderos amigos son los que te demuestran que lo son en las situaciones más duras, en las decisiones más importantes, en los momentos de felicidad. Y de esto creo que sé un poco, porque he sufrido algún desengaño.
A uno de mis último y más preciados amigos lo conocí en el mundo de la prensa. Tardamos algunos meses en hablar, en conocernos, pero recuerdo perfectamente el día en el que se produjo nuestra primera cita de amigos: me llamó para ir al cine, una fría noche del mes de noviembre. Pasaron los días, los meses y nos hicimos inseparables, no pasaba un día en que no habláramos por teléfono alrededor de tres veces (sin contar que nos veíamos a diario). Hasta tal punto llegó nuestra amistad, que la gente de nuestro entorno no se hacía a la idea de vernos el uno sin el otro.
El año pasado (tras dos años) se rompió nuestra idílica amistad y se fue al traste porque me di cuenta de que poco a poco iba alejándose de mí y sobre todo, porque no estuvo “ahí”, apoyándome cuando se supone que debería haberlo hecho. No recibí esa llamada cuando tanto la necesitaba y llegado el verano, se olvidó de devolverme las llamadas o responder a mis mensajes, se olvidó de llamarme para salir por las noches, se olvidó de contestar el teléfono. En esencia se olvidó de mí y sentí que me estaba alejando de su mundo. Lo peor de todo, como ya he dicho, es que en ese momento no lo estaba pasando bien y necesitaba distraerme.
Recuerdo que cuando dejé de hablarle en los lugares en los que nos veíamos, él se dio cuenta de que algo pasaba, pero no se interesó en saber qué me pasaba. Una vez, me llamó por teléfono, después de que le yo le escribiera el email definitivo que cerraba nuestra amistad. En esa llamada me dijo que él había dejado de llamarme para quedar porque yo rehusé dos veces seguidas salir a cenar. Y era verdad, no acepté las invitaciones porque no podía salir a comer, pero necesitaba distraerme. Fue cuando me di cuenta de que realmente no sabía qué me pasaba, seguro que no me prestó la suficiente atención…A mi malestar, a mis dolores y mis náuseas, se le había unido otro dolor, un dolor punzante y espinoso que se clavó en el corazón como una astilla. Vi que definitivamente había perdido a quien yo consideré uno de mis mejores amigos, porque debía saber lo que me sucedía, y cuando notó mi distanciamiento no se molestó en decirme “Sara, vamos a hablar. Te llamo para que nos veamos, y expongamos cara a cara este problema. No merece la pena echar al traste nuestra amistad”. En los días sucesivos a aquella llamada no se produjo, ni hubo una disculpa. Nada.
Pasado cierto tiempo, y con la lucidez que otorga la distancia, supongo que teníamos dos conceptos distintos de nuestra amistad. Yo lo consideraba como un gran amigo y él me tenía como una amiga de diversión.
No sé si algún día sabrá lo que lo lloré. Pero sé que algún día sabrá a lo que me refiero, porque tendrá su desencuentro y sabrá lo que significa e implica la amistad.
Ahora seguimos viéndonos en ruedas de prensa y actuamos como dos desconocidos. De ser inseparables, pasamos a ser indiferentes.
P.S: cuántas veces toqué el cascabel del gatito de madera azul, esperando que el sonido consiguiera devolver nuestra amistad.

anroroju
lo siento...
sé lo que estas pasando,sé lo que es esa sensacion y aunque me precio de tener muy buenos amigos y los que tengo ahora sé que estan para todo...pero twmbien sé lo que es quete hagan daño...y esperes una respuesta y no te llegué y llorar...
Porque yo soy de las que piensa que en esta vida,la familia te viene impuesta y uno no la elige,pero a los amigos si....y por esos los palos duelen mas...verdad?
y si, estoy segura que en esta vid en la que todo es como una rueda,seguro que sabrá algún día lo que tu estas todavía sintiendo....y ya...no merece la pena mas...
Otra cosa, a mi tambien me sirve de terapia escribir,me deja mejor,tranquila la mayoria de las veces o por lo menos,desahogada...
ya no necesito psiquiatras...jejejeje
saludos.
Rosa.