Quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y yo creo que tengo algún tesoro. Mi riqueza no rebosa, pero creo que es suficiente. Una vez leí un texto de Antonio Gala sobre la amistad, en el que decía que “solo cuando la confianza proviene del afecto engendra la amistad. No al contrario. Puede haber una predisposición, una simpatía previa; pero la amistad nace del descubrimiento que hacemos a otro de nuestra intimidad.”
Amigos son quienes me han demostrado su paciencia, su amor y su sinceridad. Amigos los que me han sorprendido con una llamada, cuando menos lo esperaba. Amigos son los incansables, los que han estado ahí, día a día, no para ganarse mi amistad, sino para darme cuenta de lo que valen. Amigos que tienen rostro y tienen nombre.
Javier González (Las Palmas de Gran Canaria), a quien conocí en Santander y sólo he visto tres días en mi vida y con quien, sin embargo, mantengo una amistad que dura ya cuatro años.
Darío Lavia (Buenos Aires, Argentina), a quien nunca he visto y a quien debo agradecerle estar donde estoy y haber hecho una tesis doctoral.
La amistad de Alfredo Barrios (México D.F.) me llena de orgullo. Recuerdo que me contactó a través de una web dedicada a Cortázar. Un Cronopio y una Fama unidos por el maestro Cortázar. Barrios además escribe muy bien y sé que algún día tendrá un lugar privilegiado porque se lo merece.
Luis Muiño (Madrid) es mi psicólogo favorito. Con él tengo pendiente más de un proyecto, a falta de posibles affairs.
José Manuel González (Madrid) es amigo por insistir, por sus confesiones, por los momentos simpáticos y por los secretos.
Kasia (Olztein, Polonia) es de las pocas amigas de la adolescencia con la que mantengo contacto. Se casó el año pasado y vive en su ciudad natal. Ojalá estuviera aquí.
María José Villanueva y Lourdes Bautista (Marbella) mis compañeras de batalla periodística; por las risas y el buen rollo en los momentos más duros.
José Antonio Téllez, el único también con el que mantengo contacto de la Facultad de Comunicación Audiovisual. Mi amigo y bien merecido después de más de un quebradero de cabeza ordenándome mis desastrosos y liados apuntes (que para mí eran los mejores de toda la clase). No olvidaré que mientras me ordenaba los apuntes me decía: ay, Sara, cómo puedes tener este lío de apuntes. ¿Y pretendes aprobar el examen de mañana? A lo que yo respondía con la confianza que me caracteriza: por supuesto y, además, con nota.
Alberto Schwarzmann, el chico empollón de la Facultad de Ciencias de la información. El más guapo, al que le encantaba flirtear con todas, ser el número uno y el centro de atención en la clase, menos conmigo. Él me miraba y yo lo miraba sin mediar palabra. Miradas desafiantes de un leo y una escorpiona. Nuestro reto: hacernos amigos. Muy buenos amigos. Precisamente él fue quien retomó nuestra amistad, después del paso por la universidad, el que se encargó de que nunca muriera. Quien me ha sorprendido en multitud de ocasiones un domingo por la mañana con mensajes que decían: te quiero. Te echo de menos. El chico guapo y listo a quien yo siempre dije: te espera un gran futuro. A por él. Y se le está cumpliendo.
Esos son en esencia mis amigos. Otros han llegado hace poco y se están asentando. Otros llegaron hace varios años, en ellos deposité esperanzas y se esfumaron como el humo. El año pasado tuve dos desencuentros. Uno con Raúl Mancilla (más que amigo, colega). Un joven con un gran potencial artístico. Para mí era la persona con la que podía llevar a cabo mi sueño de hacer cine, de montar juntos una productora. Lo único que perdura en mí de aquellos días es la Mainake Films que algún día espero engendrar.
El otro desencuentro, el más importante, lo contaré el próximo día.